Automóbiles fueron quemados durante la protesta el 2 de nov.

Photo: Dufour Sebastien/Gamma

La rebelión masiva de jóvenes árabes y africanos a fines de octubre y noviembre representa un despertar histórico. Por primera vez, las comunidades de inmigrantes extendida a través de los centros urbanos de Francia se han levantado frente a décadas de racismo, pobreza y negligencia. 

El levantamiento fue provocado cuando dos adolescentes de África del norte, Ziad Benna y Bouna Traore, fueron electrocutados el 27 de octubre después de haber sido perseguidos por la policía. Sus muertes provocaron una efusión de furia masiva. Docenas de miles de jóvenes se lanzaron a las calles de ciudades por toda Francia, quemando automóviles y enfrentando a la policía.

Lo que comenzó como una protesta esporádica en Chichy-sous-Bois, un suburbio de clase trabajadora de Paris, pronto se transformó en una rebelión a escala nacional. En unas semanas, jóvenes árabes y musulmanes se volcaron a las calles en más de 300 ciudades y centros.

La rebelión no tuvo demandas ni consignas políticas. Pero representa un desafío fundamental a la clase dominante de Francia. Esto está siendo observado muy de cerca por la élite política y económica a través de Europa, que temen que ese furor pueda cruzar las fronteras francesas.

Hay cinco millones de inmigrantes africanos y árabes en Francia. A pesar de las proclamaciones sobre el “modelo de integración francesa”, por lo general los inmigrantes se encuentran en vecindarios segregados en las afueras de las grandes ciudades. 

Diez por ciento de los trabajadores franceses está desempleado, según las estadísticas oficiales. Pero para los jóvenes de los suburbios de inmigrantes, el índice alcanza el 50 por ciento. 

El racismo y la brutalidad policial son la norma en esas comunidades. En una declaración del 4 de noviembre, el Movimiento contra el Racismo y por la Amistad de los Pueblos (MRAP) llamó a la realidad que ellos enfrentan “un apartheid territorial, étnico y social”.

El legado del colonialismo

La situación que enfrentan hoy los inmigrantes africanos y árabes en Francia es el resultado directo del colonialismo francés en África del norte—especialmente en Argelia, que fue la principal colonia francesa en el continente. 

A comienzos de 1945, después de la Segunda Guerra Mundial, el gobierno francés respondió a la falta de mano de obra, alentando a los trabajadores argelinos a inmigrar a Francia. Los gobiernos franceses sucesivos continuaron con esta política extendiendo los derechos democráticos formales a los inmigrantes argelinos, por ser “totalmente franceses”, y ofreciendo algunos beneficios sociales. 






Muchos suburbios fueron puestos bajo toque de queda.

Photo: Regis Duvignau

Pero la inmigración argelina coincidió con las luchas por la liberación argelina que comenzó en 1954. Mientras que el ejército francés se estancó en una guerra brutal de pacificación colonial, los vecindarios argelinos se transformaron en bastión de apoyo para las luchas de liberación adentro de Francia. Los esfuerzos de pacificar a aquellas “colonias internas” con concesiones económicas fracasaron. 

Argelia alcanzó su independencia en 1962—pero no antes de que millones de argelinos fueran asesinados por la brutal campaña de contrainsurgencia francesa. Las cicatrices de la brutalidad francesa todavía se sienten hoy. 

El gobierno impone un puño de acero

De hecho, el legado de la guerra fue evocado explícitamente en la rebelión actual por el gobierno del Presidente francés Jacques Chirac, el Primer Ministro Dominique de Villepin (nacido en una familia de la colonia francesa en Marruecos) y el Ministro del Interior Nicolas Sarkosy. El 8 de noviembre, el gobierno francés declaró el estado de emergencia, invocando las leyes aprobadas en 1955 para combatir a los seguidores de la liberación argelina en Francia. 

Esa declaración evocó inmediatamente memorias de la masacre de 300 inmigrantes argelinos en Paris el 17 de octubre de 1961. En aquel entonces, la policía atacó a una manifestación que protestaba el toque de queda impuesto en Argelia. Cientos fueron muertos a palos o balaceados. Los cuerpos de los inmigrantes fueron arrojados al río Seine. 

Mientras que Villepin y otros políticos franceses hacen promesas vagas para solucionar las necesidades sociales de las comunidades de inmigrantes, el estado francés ha desencadenado un puño de acero contra la rebelión.

Sarkozy se refirió a los jóvenes en rebelión como “escoria” y prometió deportar a cualquier extranjero que fuese arrestado en la campaña contra la rebelión. Hasta el 12 de noviembre, cerca de 2.500 personas habían sido arrestadas, incluyendo 450 jóvenes menores de 18 años que fueron llevados presurosamente a procedimientos de cortes de emergencia para jóvenes. 

Un desafió para la izquierda

La rebelión presenta un importante desafió para las organizaciones comunistas y trabajadoras de Francia. ¿Cómo afrontará la izquierda, con profundas raíces en la clase trabajadora francesa, la situación que enfrentan los jóvenes árabes y africanos?

Le extrema derecha, incluyendo al neo fascista Jean-Marie Le Pen del Frente Nacional, aprovechó la rebelión para avivar el racismo contra los inmigrantes. Hizo un llamado para que se le quite la ciudadanía francesa a los inmigrantes y para que sean deportados. (Prensa Asociada, 9 de noviembre)

Esos llamados hacen que la solidaridad con la comunidad inmigrante sea más importante que nunca. 

Docenas de miles de inmigrantes árabes y africanos han tomado las calles para decir: Basta ya. Ellos han demostrado—de manera espontánea—ser un desafió para la clase gobernante francesa y su legado de explotación colonial. Han iniciado un camino de rebelión política. La rebelión merece el apoyo de todas las fuerzas progresistas—en Francia y alrededor del mundo. 

¿Que aliados encontrarán ellos en la lucha venidera? ¿Podría la lucha transformarse en los primeros pasos hacia una lucha general de la clase obrera contra el racismo, el imperialismo, el desempleo y la pobreza? ¿O se encontrará por un lado marginada, atrapada entre la histeria salvaje anti-inmigrante, promovida por la clase dominante o la estrecha ideología anti-trabajadora promovida por las fuerzas conservadoras religiosas por el otro? 

La respuesta surgirá a medida que la lucha—nacida en las llamas de las bombas Molotov y las batallas con la policía en las calles—madure y se desarrolle. El fuego que recorrió Paris y otras ciudades francesas por semanas no pueden ser extinguidas con palabras vacías, o ni siquiera con programas sociales simbólicos.

Dependerá en gran medida de que haya fuerzas políticas en la izquierda que puedan tomar el desafió de construir unidad en la lucha de la clase obrera en las bases contra el racismo, la solidaridad con las nacionalidades oprimidas y el internacionalismo revolucionario.