Los titulares han estado en llamas últimamente con la escalada de la guerra comercial entre los Estados Unidos y China. El primer disparo fue la imposición por parte de la Administración Trump de $50 mil millones en aranceles contra 130 distintos tipos de importaciones chinas, aumentando artificialmente sus precios para hacerlos más caros y menos atractivos para los consumidores de EE.UU. Poco después, China impuso su propio régimen de aranceles de $50 mil millones contra una gran variedad de importaciones de los EE.UU. ¡De repente, la guerra comercial estaba en marcha!

Desde entonces, la administración de Trump ha amenazado con $100 mil millones adicionales en aranceles y recientemente ha impuesto sanciones contra ZTE, uno de los mayores proveedores chinos de tecnología a nivel mundial, sacándolo en la práctica de los mercados de EE.UU. Si realmente queremos comprender el significado de estas acciones, es necesario comprender la historia de los Estados Unidos y el comercio.

Después de la Segunda Guerra Mundial, Estados Unidos surgió como la última superpotencia entre los países occidentales que quedaron en pie después de un conflicto devastador que atrajo a casi todos los países de Europa y más allá. Esta guerra dejó a muchos de los países capitalistas—que habrían competido con los EE.UU. por la participación en el mercado y las ganancias—apenas flotando; muchas de sus industrias habían sido devastadas por bombas y por el derramamiento de sangre. En ese momento, los Estados Unidos tomaron una visión estratégica: un imperio capitalista global con los EE.UU. al centro. Un mundo donde el capital pueda moverse con facilidad y libertad, sin estar atado a los estados, a las comunidades o a las necesidades humanas, capaz de buscar ganancias en donde quiera. Hasta hace muy poco, esta visión y objetivo ha sido el sello distintivo de las élites de la clase dominante en los Estados Unidos.

Para lograr esta visión global, Estados Unidos se involucraría en guerras, sabotajes y sobornos, todo con el objetivo de superar las barreras que otros países intentaban imponer para protegerse a sí mismos y a sus economías. Sin embargo, los EE.UU. estaban dispuestos a eliminar estas barreras de forma estratégicos. Canalizaron miles de millones de dólares a Europa para que se reconstruyera a partir de la Gran Guerra con el objetivo de crear mercados dispuestos a comprar bienes de EE.UU. Los Estados Unidos permitirían a ciertos países imponer de manera temporal barreras comerciales para levantar sus mercados con el fin de atraer capital de inversionistas estadounidenses.

La relación de Estados Unidos con China es un buen ejemplo de esto. En la década de 1970, el socialismo mundial estaba en aumento con casi un tercio de todos los seres humanos viviendo en una economía socialista. Una de esas economías masivas fue la de China. A pesar de su anticomunismo virulento, Richard Nixon negoció un trato con Deng Xiaoping, quien tomó el poder poco después de la muerte de Mao. A cambio de liberalizar su suministro de mano de obra barata al capital de los EE.UU., los EE.UU. le permitirían a China mantener un cierto nivel de control estatal sobre las inversiones de los EE.UU. e imponer cuantiosos impuestos. El resultado final es que empresas como Apple han cosechado superganancias de esta mano de obra mientras que China ha desarrollado sus capacidades productivas y ha podido financiar programas sociales sólidos para beneficiar a su población. En China se ha desarrollado una clase media fuerte y el ingreso per cápita ha aumentado dramáticamente.

Una nueva guerra comercial señala el cambio

La guerra comercial con China, sin embargo, señala un cambio dramático en la relación de los Estados Unidos con China y la visión general del capitalismo de los EE.UU. Trump, inspirado por ideólogos como Steve Bannon, está promoviendo una plataforma hipernacionalista de “América Primero” enraizada en un nacionalismo racista. Esta ideología afirma que China es un enemigo mortal de los Estados Unidos y que la economía china pronto eclipsará a los mercados de EE.UU. Esta ideología racista culpa a la gente de otros países debido a los propios problemas económicos de los Estados Unidos. Las superganancias obtenidas por el capital estadounidense que se invierten en mercados extranjeros—mercados como China—han agravado la desigualdad de ingresos en los Estados Unidos hasta el punto de ruptura. CEOs como Jeff Bezos y Tim Cook poseen riquezas que la mayoría de la gente solo puede soñar y envidiar. Los trabajadores pobres en los EE.UU. Tienen mucho más en común con los trabajadores en China que con los millonarios de por vida como Donald Trump.

La política de aranceles agresivos muestra que Estados Unidos está cada vez menos interesado en un capitalismo global integrado y más interesado en sus propios intereses económicos estrechos. Este enfoque estrecho es el primer paso en la escalada de conflictos entre distintos elementos de la clase dominante vinculados a sus respectivos países. Vimos lo mismo antes de la Segunda Guerra Mundial cuando la clase dominante en Alemania creía que tenía que eliminar a su competencia de la clase dominante en las naciones europeas a su alrededor para tener éxito. Las otras potencias capitalistas europeas llegaron a creer lo mismo y el resultado final fue una guerra brutal que costó muchos millones de vidas. El hilo de pensamiento de Trump es parecido en el sentido de que él cree que para que los capitalistas de Estados Unidos tengan éxito, China debe fracasar.

Los aranceles, utilizados como sanciones, dan la ilusión de ser una alternativa a una guerra abierta. Cuéntele eso a los casi un millón de iraquíes que murieron bajo las sanciones de los EE.UU. después de la Guerra del Golfo. Cuando se aplican de manera agresiva, los aranceles pueden paralizar a las economías, lo cual resulta en escasez de alimentos, escasez de combustible y escasez de agua potable. Los aranceles agresivos son un acto de guerra, simple y llanamente. Al imponer aranceles contra China, Estados Unidos está suspendiendo casi 70 años de política internacional y económica y está agravando a una poderosa nación con armamento nuclear. La guerra con China puede parecer una locura, pero la mayoría de la gente en Europa en 1938 no tenía idea de que se avecinaba una guerra que destruiría la mayor parte del mundo occidental.

Es por estas razones que las personas deben rechazar la narrativa racista que le echa la culpa a los “extranjeros” por los problemas económicos de los Estados Unidos y en cambio deben echarle la culpa a los capitalistas de los Estados Unidos que poseen casi la mitad de nuestra riqueza. Debemos rechazar la narrativa de que los aranceles y las sanciones son beneficiosos o incluso necesarios cuando lo único que hacen es llevar a las naciones cada vez más cerca de una guerra. Una guerra que no acabaría con las vidas de los multimillonarios que se benefician de la guerra, sino con las vidas de los millones de obreros que se ven obligados a entrar a la trituradora de carne de la primera línea en nombre de un nacionalismo al que no le importa si viven o no. Nuestro enemigo no es China sino los multimillonarios que declaran la guerra y luego se esconden en sus comunidades cerradas, mientras que los jóvenes se van a morir.

Traducido por Joel Marcos Gallegos.