Photo: Soldados hacen guardia en la esquina de la calle 7  y calle N del noroeste, en Washington D.C junto a las ruinas de edificios que fueron destruidos durante los levantamientos que le siguieron al asesinato de Martin Luther King Jr. Fecha: 8 de Abril de 1968. Crédito: Warren K. Leffler/Librería del Congreso.

El 50 aniversario del asesinato del reverendo Dr. Martin Luther King Jr. es, como debe de ser, motivo de profunda reflexión al igual que de numerosos llamados a la acción. Mucho de aquello por lo que luchaba el Dr. King—un fin a la guerra, al racismo y la pobreza al igual que por una reorganización de las prioridades sociales del capitalismo—sigue sin cumplir. El asesinato de Dr. King fue el punto clave en la transición dentro de una gran era de cambios sociales, de una en donde la “inclusión” en el sistema capitalista era el deseo general, a una en la que el enfoque general de la lucha Negra por la igualdad se convirtió en una lucha por una “autodeterminación” ampliamente definida, basada en el reconocimiento de la naturaleza profundamente arraigada del racismo, no simplemente como función de disposiciones individuales, sino como un método de control social.

En retrospectiva, en particular en los medios de comunicación dominantes, los levantamientos que le siguieron a la muerte de King son presentados como un tipo de “espiral de muerte” de los “buenos tiempos de los 60s” marcados por el Movimiento del Sur por la Libertad, a los “malos tiempos de los 60s” de poder Negro, las Panteras Negras, la revolución y la lucha armada.

Además de ser una simplificación excesiva, también representa un malentendido total del contexto histórico en el momento en el que la vida del Dr. King fue arrebatada. Era un tiempo en el que el Movimiento de la Liberación Negra comenzaba a abordar la conexión entre la desigualdad capitalista y el racismo estructural. La intratabilidad de estos problemas y la falta de voluntad política de tratarlos a nivel federal significó que la muerte del Dr. King representó algo muy diferente: el fin de los esfuerzos liberales de “arreglar” los problemas raciales mediante la simple acción de reiterar los derechos constitucionales ya existentes de los estadounidenses Negros y el problema inherente de la necesidad de hacer recortes a los derechos de propiedad para dar lugar a dicha “resolución.”

Rechazo al impulso del progreso por los derechos civiles

El año 1966, en la lengua popular, se convirtió en el año de “la reacción blanca” al impulso del movimiento por los derechos civiles. Después de la aprobación de la Ley de los Derechos Civiles de 1964 y de la Ley de Derecho al Voto, la segregación de jure en el sur de Jim Crow estaba en descenso. A pesar de que las leyes del sufragio podían ser mejoradas, el camino hacia la “igualdad” comenzaba a verse obstaculizado por realidades más complejas.

En 1966 el ingreso mediano de una familia Negra era tan solo 58 por ciento de aquel de una familia blanca promedio. Mientras que el empleo relacionado con la guerra en Vietnam había incrementado, la tasa de desempleo entre los Negros seguía siendo el doble que la de los blancos. La tasa del subempleo Negra era 33 por ciento el las peores áreas de 9 de las 10 ciudades principales. Entre el 1960 y 1966 el nivel de pobreza entre los blancos, 34 por ciento, se había mantenido intacto. Una encuesta de 12 ciudades mediante un censo específico encontró que en 8 de ellas la segregación había aumentado con respecto a 1960.

Se sentía la necesidad de tomar acciones mayores, pero determinar qué hacer exactamente no era fácil

Ley de los Derechos Civiles de 1968

Es didáctico, en este contexto, el observar a la Ley de los Derechos Civiles de 1966 (que al final se convirtió en la Ley de los Derechos Civiles de 1968). La nueva característica de esta frustración respecto al progreso en cuanto a las desigualdades raciales se demostró de dos maneras claves. En primer lugar se demostró con la entrada de levantamientos como una característica importante en el entorno nacional. Harlem y Watts fueron los más notables pero hubieron docenas de rebeliones que tuvieron lugar en todo el país—tan sólo en 1967 hubieron 164.

Además, el movimiento de la Conferencia de Liderazgo Cristiano del Sur (SCLC por sus siglas en inglés) hacia el norte y el Movimiento de Chicago por la Libertad revelaron el racismo intenso en el norte. La oposición blanca a las nuevas leyes de vivienda estuvo dominada por muchedumbres racistas y extremadamente violentas que atacaban vilmente a manifestantes Negros en escenas tan horripilantes como las peores imágenes de Birmingham.

Como si no fuera suficiente, en Granada, Mississippi se dieron episodios de violencia serios cuando abrieron las escuelas para el curso escolar 1965-1966—de manera integrada. Estos elementos combinados dieron una idea de la magnitud del trabajo pendiente a pesar del desmantelamiento en términos legales de las leyes de Jim Crow.

El racismo como una cuestión de “disposiciones individuales” contra un método de control social

En esto yacía el nudo principal de los retos. El racismo en los EE.UU. no se trataba ni se trata de una cuestión de “disposiciones individuales”—pero el Movimiento del Sur por la Libertad ya había ascendido sobre esta base. En lugar de ser un problema profundamente estructural, era caracterizado como una cuestión de “disposiciones individuales” desviadas que se sobreponían sobre los derechos constitucionales de los Negros.

En realidad—como reflejaba la oposición al Movimiento Chicago por la Libertad, y la brutalidad policial que dio lugar al levantamiento en Harlem—el racismo no se trata de disposiciones individuales, sino de control social. Como ha sido documentado de manera innegable, la concepción estadounidense moderna del racismo contra los Negros estaba basada en la estabilización de las economías de plantación en zonas costeras a principios del siglo 18.

La estrategia era básicamente la de dividir y conquistar. Mientras que habría una pequeña minoría de hombres blancos que dominarían la sociedad por encima de todos los demás, se introduciría una nueva jerarquía. El simple hecho de ser blanco concedía el derecho a una serie de cosas, desde el derecho a portar un arma, al derecho a la tenencia de tierras, a las que los Negros no tenían permitido o tenían muy limitado el acceso. Este nuevo pacto estuvo sellado con sangre por así decirlo, dada la prohibición casi total del matrimonio interracial.

Estas políticas se siguieron propagando. El mejor instrumento de control social de la América Negra era un estrato de amortiguamiento de blancos, quienes a pesar de estar en una posición peor en comparación con otros blancos, estaban en una posición privilegiada con respecto a la población Negra. La base racial de este privilegio quedaba clara, ya fuera el acceso a las instalaciones públicas y al alojamiento o simplemente el ser tratado mejor por las autoridades.

El derecho de los Negros de poder vivir en cualquier lugar y de poder ir a cualquier escuela se convirtió en una amenaza principal a este esquema. Mientras que en sur la segregación educacional de jure se convirtió en una piedra de toque, en el norte y el oeste la segregación en las escuelas estaba protegida en la práctica por el racismo. En el norte no habían leyes oficiales de “Jim Crow” pero las prácticas discriminatorias de intereses privados de bienes raíces dieron lugar a los mismos patrones de la segregación en la vivienda.

A partir de 1930, la creciente población Negra urbana se encontraba profundamente segregada por estas políticas y se veían obligados a vivir en “guetos” que contaban con acceso desigual a casi todo, por encima de un racismo policial intenso.

Los problemas eran suficientemente fáciles de identificar y de diagnosticar, pero más difíciles de tratar. Atacarlos de manera directa significaría derrocar el sistema de privilegio racial jerárquico que ayudaba a mantener la estabilidad del sistema capitalista estadounidense.

Los esfuerzos capitalistas para resolver una situación insostenible

El presidente Lyndon B.Johnson, el gobernador Nelson Rockefeller de Michigan, la fundación Ford (liderada por McGeorge Bundy, antiguo ayudante del presidente Johnson), el gobernador George Romney de Michigan y otros políticos de ambos partidos reconocieron que esta situación era insostenible. Sin importar cuáles fueran los retos, ellos pensaban que el acomodar a la América Negra, al darle más juego en el sistema, era el camino más seguro. Querían integrar a los Negros de la misma manera en que los EE.UU. fusionó a los irlandeses por así decirlo.

Con dicho propósito, el presidente Jonhson introdujo la Ley de los Derechos Civiles de 1966, la cual habría protegido a los trabajadores luchando por los derechos civiles y democratizado los jurados, entre otras cosas. Sobre todo, hubiera prohibido totalmente la discriminación en la vivienda y le hubiera dado al nuevo departamento de Vivienda y Desarrollo Urbano y al Departamento de Justicia el poder para hacer cumplir estos derechos.

El proyecto al final fue despojado de la disposición de la “vivienda justa,” y aún así no lograba ser firmado, al no lograr sobreponerse a un filibustero liderado por los senadores del sur, apoyado por Everett Dirksen, líder minoritario del Senado de Illinois.

El progreso del movimiento por los derechos civiles estaba cambiando el tenor del país. Muchos blancos estadounidenses no estaban dispuestos a renunciar a sus privilegios limitados y muchas industrias como la de bienes raíces que se enriquecían de mercados segregados se oponían a estos cambios. Los levantamientos de la América Negra endureció los corazones de muchos blancos. No había problema con un progreso paulatino y principalmente enfocado en el sur, pero un verdadero enfrentamiento con el racismo, que amenazaba la posición relativamente—y en muchos casos extremadamente—privilegiada de muchos, no siempre era bienvenido.

El senador Sam Ervin de Carolina del Norte observó alegremente que la superioridad moral de muchos de sus colegas en el norte aparentemente desaparecía ahora que el problema estaba de su lado.

La Ley de los Derechos Civiles considerada insuficiente

Por encima de todo muchos líderes Negros jóvenes atacaron a la Ley de los Derechos Civiles como insuficiente. Kwame Ture (en ese entonces conocido como Stokely Carmichael), líder del Comité Coordinador Estudiantil por la No Violencia (SNCC por sus siglas en inglés), lo denunció como un “un montón de palabras fraudulentas.” El SNCC, el cual a través de los años había planteado los problemas de la incapacidad de las demandas del Movimiento del Sur por la Libertad de tratar de manera plena las desigualdades, reflejaba el humor en el país.

El “Poder Negro,” frase que Ture había acuñado, comenzaba a apoderarse de esa era. Los estadounidenses Negros de distintas creencias políticas reconocieron que los blancos benévolos en el congreso no podían, y si pudieran, probablemente no accederían, a hacer cumplir cualquier tipo de igualdad. Llegaron a la conclusión de que los Negros, en lugar de exigir mejor trato, tenían que tomar las riendas el poder, ya fueran en el ámbito político, económico, cultural, o una combinación de estos para hacer cumplir su igualdad como seres humanos por encima de los sectores de la población más recalcitrantes.

Charles Mathias Jr, congresista republicano, fue una figura clave en promover la Ley de los Derechos Civiles entre 1966 y 1968. En un artículo en 1999, hizo la siguiente observación sobre este periodo:

“Durante el verano de 1967, habían habido disturbios civiles en más de 100 de las ciudades de nuestra nación. Estos eventos traumáticos galvanizaron la atención de la nación y recibieron una amplia cobertura noche tras noche para que todo el país lo viera. El Congreso se sentía cada vez más presionado para amenorar la creciente furia de los estadounidenses Negros por las desigualdades en tantos aspectos de la vida estadounidense que los marginaban o los segregaban.

Mathias prosiguió a relatar que este ritmo acelerado de eventos dio lugar a los compromisos necesarios para aprobar una Ley de los Derechos Civiles que incluía estipulaciones para la vivienda justa. Al final se incluyeron las estipulaciones que prohibían la discriminación en la vivienda, pero eliminaron la sección del cumplimiento. Como resume Mathias, Everett Dirksen, el opositor anterior, se vio motivado a encontrar algún tipo de compromiso por tres razones importantes:

“Las crecientes tensiones raciales en ciudades de los EE.UU. y las desigualdades entre los ingresos de los Blancos y de los Negros; la injusticia de la discriminación racial en la vivienda que a menudo asecha a los veteranos Negros quienes regresan de la guerra de Vietnam; y el ritmo extremadamente lento con el cual los estados y las localidades están adoptando sus propias medidas de la vivienda no segregada”

Aún así la ley seguía enfrentado una oposición significativa, luego, el 4 de Abril de 1968, Martin Luther King fue derribado por la bala de un asesino. El efecto sobre el congreso de este evento y de los levantamientos que le siguieron fue intenso, de acuerdo a Mathias:

“La crisis en las relaciones raciales en nuestro país obligó al congreso a afrontar estas tensiones… El Comité de Reglamento, sacudido por los disturbios civiles recurrentes prácticamente a las afueras de sus puertas, finalmente dio por terminadas sus audiencias el 8 de Abril. Al día siguiente, reportó a la Casa de Representantes una regla para debatir que aprobaba las enmiendas del Senado, incluyendo el compromiso sobre la vivienda justa, y que prohibía enmiendas adicionales. Al día siguiente, el 10 de Abril, la Casa de Representantes debatió durante una hora la Ley de los Derechos Civiles de 1968 y fue aprobada con 250 votos a favor y 71 en contra. Al día siguiente, el presidente Johnson firmó la Ley (Mathias y Morris, 1999)

Ley de los Derechos Civiles de 1968: demasiado poco, demasiado tarde

Al final, la ley a la larga fue demasiado poco, demasiado tarde. Quedaba claro que el cumplimiento de muchas de estas estipulaciones, especialmente las de la vivienda, sucedería esporádicamente o nunca, y bastante había embebido como para permitir que se perpetuaran las desigualdades racistas en muchos de los ámbitos más importantes de la sociedad.

Es por esto que los lamentos de los levantamientos luego del asesinato de Dr. King se olvidan de lo central. Muchos han expresado en aquel entonces y ahora que este periodo representó “la muerte de la no-violencia” como una estrategia para la América Negra. El asesinato de King, cuya estancia moral había ayudado a avergonzar a la nación para que tomara la acción que se había rehusado a tomar durante cientos de años y la incapacidad del gobierno federal de darles a los Negros nada más que sus derechos constitucionales en papel significaba que se requerían nuevas estrategias.

Dichas estrategias surgieron tanto de la derecha como de la izquierda, pero lo que es importante es que el giro hacia un “Poder Negro” en lugar de por la “integración” no estaba motivado principalmente por el separatismo (a pesar de que esta fue una corriente) sino por la necesidad de hacerse de algún tipo de palanca de poder para hacer cumplir los derechos humanos en lugar de simplemente expresarlos.

Los levantamientos como respuesta a la muerte de Dr. King fueron una señal; de hecho fueron los últimos de los levantamientos durante un tiempo. Representaban no sólo un llamado de angustia, sino la consciencia de que lograr el “poder” se necesitaba acción ofensiva. En lugar de tacharlos de “malos” o “destructivos,” es importante verlos como parte integral de una transformación del Movimiento por la Liberación Negra de uno de exigir la igualdad a uno de luchar por ella, en la escala nacional y en ámbitos mucho más allá del acceso a las instalaciones públicas.

Los años 1866 a 1968 fueron un periodo de transición, Dr. King justo con otros estaban abordando la cuestión de qué es lo que se necesitaría para lograr cambios sociales profundos que necesariamente desafíen a las bases capitalistas de los EE.UU. Levantamientos como campañas de sentadas, sacaban a la luz pública los problemas. El asesinato de King sugirió que la oposición a un verdadero enfrentamiento con el racismo era intratable al punto de que sus raíces sistémicas tendrían que ser atacadas de manera más directa y estructural. Lo que esto significaba era un tema de intenso debate, pero después de la muerte de King parecía claro que el integracionismo liberal de Kennedy y del principio del mandato de Johnson había perecido.

Traducción por Liberation Staff.