Uno de los grandes desafíos de la clase dominante imperialista es justificar la guerra ante la población. Esto es especialmente evidente cuando no hay una clara amenaza para la seguridad nacional por parte de la nación para atacar a otros paises. Para superar este reto, los responsables de la guerra han acuñado el lema “intervención humanitaria”, e insisten en su “responsabilidad de proteger” los derechos humanos. Este argumento falso ha sido utilizado en repetidas ocasiones ya sea para ganar el apoyo del pueblo o apaciguar a la oposición de la guerras contra países que han tenido la osadía de interponerse en el camino de los planes geopolíticos de Estados Unidos.

Si bien las justificaciones para las diferentes intervenciones pueden variar, en las últimas guerras de EE.UU. en Afganistán e Irak se han utilizado los derechos de la mujer como un emblema y justificación para la intervención y el cambio de régimen. Hillary Clinton declaró con respecto a Afganistán: “los derechos de la mujer son una parte central de la política exterior de la administración Obama”.

Cuando los EE.UU. invadió Afganistán hubo una gran cantidad de atención en los medios reaccionarios contra las leyes y políticas aplicadas a las mujeres por parte de los talibanes, que habían estado gobernando el país desde 1996. Algunas organizaciones feministas incluso salieron en defensa de la guerra, ya que supuestamente se estaba luchando para “liberar a las mujeres afganas”.

Afortunadamente, muchos otros lo identificaron como lo que era: un escaparate de una guerra imperialista y de la ocupación. ¿Cómo puedes pretender ayudar a las mujeres, mientras bombardeas su país y asesinas a sus seres queridos?

EE.UU. respaldó a los talibanes en la contrarrevolución y en contra de los derechos de las mujeres

Mejorar la situación de las mujeres en Afganistán nunca fue un objetivo de la ocupación de EE.UU. Los talibanes surgieron a mediados de los años 90 como fuerza dominante en Afganistán. Los principales líderes de los talibanes habían contado con el apoyo financiero y político de la CIA y fueron apoyados por la mayoría de los medios de comunicación occidentales, en su lucha contra las reformas del gobierno de orientación socialista que llegó al poder en 1978.

La CIA llevó a cabo su mayor operación encubierta junto a Osama Bin Laden con el objeto de derrotar militarmente al gobierno socialista. A punto de ser arrollado por este ataque, en el año 1979 el gobierno socialista se salvó tan sólo por la intervención de la Fuerzas Armada de la Unión Soviética. Las fuerzas de la operación de la CIA, financiando y armando a los principales líderes talibanes, comenzaron sus actividades antes y no después de la intervención soviética en diciembre de 1979.

La Administración Carter y el Pentágono consideraron la operación como un gran éxito ya que mantuvo ocupadas a las tropas de la Unión Soviética en un compromiso difícil y a largo plazo: la guerra civil de Afganistán. Zbigniew Brzezinski, Consejero Nacional de Seguridad de Carter, dijo más tarde que la creación de un gobierno islamista del ala derecha era un pequeño precio a pagar en comparación con el objetivo más importante: debilitar a la Unión Soviética. Con respecto a los derechos de la mujer, no se puede ser más cínico.

A su llegada al poder en 1978, el gobierno socialista de Afganistán había prohibido la venta de la mujer para el matrimonio y las ejecuciones bajo la acusación de “infidelidad conyugal”. Se promovió la igualdad jurídica de la mujer, se cancelaron las deudas de los campesinos y se efectuó una gran inversión en escuelas y hospitales. El gobierno inició una campaña masiva de alfabetización entre las mujeres afganas, que por primera vez en la historia del país entraron en la feurza laboral en gran número. La CIA, apoyada por escuadrones de la muerte, asesinó a miles de jóvenes idealistas, a los alfabetizadores y maestros que acudieron al campo afgano por primera vez para llevar la educación a las niñas. Los esfuerzos para reformar Afganistán y ponerlo en el mapa del mundo moderno y desarrollado fueron destruidos en última instancia. Los soviéticos se retiraron. Posteriormente el gobierno socialista cayó.

Los talibanes se asentaron en el gobierno en 1996 después de una brutal guerra civil entre las diversas facciones reaccionarias que habían constituido los llamados combatientes muyahidines. Los talibanes lincharon a los dirigentes socialistas y después mostraron públicamente sus cuerpos mutilados. El gobierno de EE.UU. y los medios de comunicación occidentales no hicieron absolutamente nada para impedir esta barbaridad.

La consigna de “los derechos de la mujer” como pretexto para la política de EE.UU. en Afganistán ha sido eliminado desde el inicio de la guerra en 2001. De hecho, aunque los derechos legales de la mujer pueden haber mejorado desde el derrocamiento de los talibanes—por ejemplo, a las mujeres ya no se les prohíbe por ley trabajar fuera del hogar—las condiciones de vida para el pueblo afgano en su conjunto se han deteriorado tras la intervención de EE.UU.  y la ocupación de la OTAN. Se ha elevado considerablemente la tasa de suicidios y de intentos de suicidio entre las mujeres afganas. El abuso doméstico y la violación siguen siendo el pan de cada día.

Ahora que es evidente que los EE.UU. y la OTAN no pueden ganar en Afganistán, el imperialismo está buscando una solución negociada con las fuerzas insurgentes, incluyendo a los talibanes. El imperialismo de EE.UU. está perfectamente dispuesto a utilizar los derechos de las mujeres como moneda de cambio para lograr una solución que le permita evitar la derrota por los insurgentes en uno de los países más pobres del planeta. Este mes, el gobierno afgano apoyado por Estados Unidos ha apoyado un edicto de los clérigos fundamentalistas que considera a las mujeres ciudadanas de segunda clase, justificando la violencia doméstica en determinadas circunstancias.

Los derechos de la mujers no son la preocupación de la clase dominante de EE.UU.

Lo cierto es que los derechos de las mujeres en Irak y Afganistán no representan la más mínima preocupación para la clase dominante de EE.UU. o cualquier otra potencia imperialista. Los derechos de la mujer sólo son importantes en la medida en que se puedan utilizar para popularizar estas dos guerras infames. En 2010 Wikileaks publicó un cable mostrando un informe de la CIA enviado a Francia en el que se sugiere que los derechos de la mujer deben ser utilizados para reforzar el apoyo público a la guerra de Afganistán.

Madeleine Albright, la primera mujer que fue Secretaria de Estado, declaró en una ocasión que la muerte de 500.000 niños iraquíes como consecuencia de las sanciones de Estados Unidos “valió la pena” dado que los intereses estadounidenses estaban a salvo. Es un ejemplo más de cómo es de todo punto de vista inconcebible que la clase imperialista pueda funcionar como un vehículo para impulsar los derechos de la mujer.

Fingir una supuesta defensa de los derechos de la mujer para justificar la guerra es una nueva vuelta de tuerca del conocido “la carga del hombre blanco”, basado en el chovinismo de EE.UU. y de la Europa occidental, la ignorancia hacia su cultura y los estereotipos racistas de las mujeres musulmanas en particular. Se omite un punto central, y es que las mujeres están siendo profundamente oprimidas en los propios Estados Unidos, con sus derechos bajo una constante amenaza.
Las mujeres no serán liberadas a través de la destrucción de sus países y el asesinato de sus familias. Las mujeres, al igual que todos los pueblos oprimidos, podrán ser liberadas a través de sus propias organizaciones y las luchas contra la supremacía masculina, el capitalismo y el imperialismo.