Donald Trump es un estafador. Está practicando uno de los trucos más antiguos del libro, tomando prestada una página de cada mago que busca engañar y deslumbrar a su audiencia con el truco de distraer su atención en un momento crucial del acto. El truco elegido por Trump tiene una larga historia en los Estados Unidos, sin hablar de los estados fascistas de Alemania e Italia de la década de 1930, pero ha regresado al teatro vivo de la política moderna.

Trump dijo que “haría que los Estados Unidos vuelva a ser genial.” Entre 2015 y 2016 describió al país como uno de carnicería, devastado por el crimen y el sufrimiento, y se presentó como el único que podía darle la vuelta. Ahora quiere alegar que ha tenido éxito; su nuevo eslogan de campaña es “Mantener a Estados Unidos Genial.” Pero para millones de votantes de Trump, especialmente para los blancos pobres y de la clase trabajadora, la vida no es mejor ahora que en 2016. Trump el mago no puede dejar a ese público decepcionado, ni dejar que se den cuenta del gran engaño, por lo que agitó su varita y redirigió su atención al introducir algo nuevo, o en realidad, algo bastante viejo.

Las diatribas racistas cuidadosamente elegidas por Trump contra cuatro congresistas de primer mandato—Ilhan Omar, Ayanna Pressley, Rashida Tlaib y Alexandria Ocasio-Cortez—hacen uso de una táctica que ha sido utilizada una y otra vez a lo largo de la historia. Políticos que enardecen a los blancos en un frenesí racista no son nada nuevo. La cultura del linchamiento es tan americana como la tarta de manzana. Ha sucedido durante cientos de años.

En los últimos 50 años, la clase dominante de los Estados Unidos ha puesto esta táctica en un segundo plano por temor a desestabilizar a todo el Imperio desde adentro, ya que la población negra se levantaría en rebelión, lo cuál invitaría a grandes sectores de la sociedad a luchar contra el estado, como sucedió con frecuencia durante la década de los 1960s. Los gobernantes se desvincularon públicamente del racismo estilo del Ku Klux Klan a favor de otras formas de control social y de racismo institucional. El imprudente Trump ha rechazado esta forma de hacer las cosas a favor de su enfoque limitado en ser reelegido.

La pobreza en Carolina del Norte

Vale mencionar que Trump se encontraba en Carolina del Norte en el momento en que enardeció a la multitud racista y frenética que cantaba “Que se regrese” en relación a la congresista Ilhan Omar. Su retórica de “ámalo o déjalo” y su patriotismo abiertamente racista es una táctica de distracción que ha superado la prueba del tiempo.

Uno de cada cinco niños en Carolina del Norte enfrenta el hambre diariamente. Más del 56 por ciento de todos los niños en el estado son elegibles para almuerzo gratis o subsidios para el almuerzo. El dieciocho por ciento de la población de edad avanzada sufre de hambre.

Carolina del Norte cuenta con una población de más de diez millones. El setenta por ciento de la población es blanca. Poco más del 22 por ciento es afroamericana y casi el 10 por ciento es latina. La población de indígenas americanos, que alguna vez fue la mayoría antes de que se cometiera un genocidio contra ellos, ahora es del 1.6 por ciento. Millones de residentes de Carolina del Norte están en la pobreza o cerca de ella.

Para los intereses corporativos en Carolina del Norte, todo está yendo bien. Los jefes de los sectores aeroespacial, automotriz, de tabaco, de procesamiento de alimentos y de manufactura están amasando muchísimo dinero. También les va bien a los súper ricos que se beneficiaron en gran medida por el obsequio de “reforma” impositiva de $ 1.4 billones de dólares Trump.

La administración Trump no ha hecho nada por las personas pobres y de bajos ingresos en Carolina del Norte. Los republicanos también lograron evitar la expansión de Medicaid en Carolina del Norte, privando así a un gran número de familias de bajos ingresos—negros, blancos y latinos por igual—del acceso a cualquier tipo de atención médica.

Sin embargo, le dice a la gente de Carolina del Norte y al país que deberían “amarlo o dejarlo.” Él dice que Estados Unidos es un “gran éxito” y que aquellos que critiquen el estado actual de las cosas deberían “salir.”

La mayoría de la base incondicional de partidarios activos de Donald Trump proviene de la clase media, no de aquellos en la pobreza o al borde de la pobreza. Sin embargo, esa es la sección de la población blanca a la que Trump pretende aplicar su táctica de distracción.

Para ganarse a los votantes blancos trabajadores y pobres en lo que ahora es un “estado de oscilación” en términos electorales, Trump tiene poco que decirles sobre cómo sus vidas han mejorado durante su mandato. Sin embargo, intenta que se unan a su cruzada de racismo e histeria antiinmigrante con muchas frases anticomunistas, todo esto enmascarado en un amor por la bandera y la patria. Y si no se unen al frenesí, él espera que sea imposible plantear sus preocupaciones económicas reales, o exigir soluciones reales: “¡ámalo o déjalo!” “América nunca se volverá socialista,” grita. El racismo sin censura va de la mano con el anticomunismo.

Trump no quiere que estas personas le echen la culpa de su sufrimiento al robo, la avaricia y la corrupción de los súper ricos y los mayores banqueros y jefes corporativos. Se protege a sí mismo y a sus amigos multimillonarios mediante el uso de tácticas fascistas para satanizar a los pueblos “minoritarios,” inmigrantes y grupos socialistas.

Es la misma táctica que usó Hitler. Pero tiene una historia aún más larga en los Estados Unidos. La supremacía blanca sin censura ha sido el centro de mesa de la “democracia” capitalista a medida que evolucionó en América del Norte desde que la colonia de Jamestown, Virginia, trajo a los primeros esclavos africanos en agosto de 1619, hace exactamente 400 años. Explícitamente, las leyes de la supremacía blanca rigieron al país hasta que la Ley de Derechos Civiles de 1964 le puso fin formalmente al régimen abierto del apartheid que gobernaba grandes partes del país.
Hasta 1964, los negros estadounidenses estaban legalmente excluidos y podían ser castigados por la ley por intentar acceder a hospitales, baños, restaurantes, parques u otras instalaciones públicas. Las turbas de linchamiento para castigar a cualquier infractor de Jim Crow operaban con la aprobación tácita del estado. Cuando los negros exigieron el cambio, se les dijo que “regresaran de dónde vinieron.”

Ahora que Trump está levantando el tabú sobre el racismo sin censura, los principales medios de comunicación centristas y capitalistas “liberales” como el New York Times escriben titulares ridículos que lo llaman “ansiedad blanca.” Esta frase cae dentro de la trampa de Trump y en las manos del movimiento fascista que intenta auto-renombrarse como “el nacionalismo blanco.”
El racismo no se trata de “ansiedad” desde abajo, y las políticas racistas no son una respuesta situacional y medida al estrés económico. El racismo sin censura y el odio han sido cultivados durante siglos como un arma estratégica por la clase dominante para ejercer control sobre todos los aspectos de la sociedad.

La conciencia racista ha sido la mayor barrera para la unidad de la clase trabajadora en los Estados Unidos. La ideología de la supremacía blanca ha sido, ante todo, una expresión de la conciencia de clase de la burguesía, que la utilizó para imponer su propio poder y privilegio. Produjo violencia extrema y explotación de pueblos negros, nativos, asiáticos y latinos, y evitó que se forjara una conciencia de clase genuina entre los blancos pobres.

El patriotismo rabioso y la supremacía blanca no son reflejos de una “ansiedad” justificable acerca del futuro del país. Estas exhibiciones políticas están diseñadas precisamente para crear una atmósfera de mafia contra aquellos que se ven más impactados por los crímenes del capitalismo y que tienen mayores probabilidades de levantarse, para calificar cualquier crítica como traición y para dificultar que los blancos pobres expresen su ansiedad económica en términos de clase. “Ámalo o déjalo” no amplifica las voces de las personas explotadas de ningún color de piel; en todo caso, está diseñado para callarlos a todos.

La capitulación de Pelosi ante Trump

La respuesta del Partido Demócrata al uso de tácticas fascistas por parte de Trump es ineficaz e insincera. Aprobar una resolución “antirracista” sin sentido contra Trump—una resolución que comienza con una referencia al racista y propietario de esclavos Thomas Jefferson como inspiración para su resolución antirracista—fue una de esas exhibiciones teatrales burguesas de “sentirse bien” que no hace nada para evitar que se propague la ideología fascista.

La resolución fue diseñada para ocultar el papel de Nancy Pelosi en el asalto contra las cuatro congresistas, quienes forman parte del flanco más liberal del Congreso. Las cuatro fueron las únicas demócratas que votaron en contra de su capitulación ante Trump cuando Pelosi promovió en el Congreso $4.5 mil millones de dolares adicionales para la “seguridad fronteriza” en la frontera entre México y Estados Unidos. Trump llamó a Pelosi desde el extranjero para felicitarla. Mientras Trump la abrazaba por la capitulación sobre el financiamiento de la “seguridad fronteriza,” Pelosi hizo público su ataque contra las cuatro congresistas que protestaban.

Trump luego se lanzó. “¿Por qué no regresan y ayudan a arreglar los lugares totalmente rotos e infestados de crímenes de dónde vinieron?,” tuiteó Trump el 14 de julio. Días después, en Carolina del Norte, incitó el canto fascista: “Que se regrese.”

Unir a los pobres mediante la lucha contra el racismo

Según la Campaña de los Pobres, hay 140 millones de estadounidenses que viven en la pobreza o cerca de la pobreza. Los que viven cerca de la pobreza son trabajadores de bajos ingresos que se encuentran a una nómina de la pobreza “oficial” (que se establece en un nivel ridículamente bajo). Aproximadamente la mitad de los que están en la pobreza o cerca de ella son blancos, aunque la pobreza es significativamente mayor en porcentaje entre las poblaciones negras, latinas y nativas. El desglose total de personas pobres en el país es de 66 millones de personas blancas, 26 millones de personas negras, 38 millones de latinos, 8 millones de estadounidenses de origen asiático y 2 millones de personas indígenas.

Lo que se necesita en los Estados Unidos es promover una rebelión de toda la clase trabajadora que vive en la pobreza o cerca de ella. Esto no solo es posible, sino que es una necesidad imperiosa. El racismo y la ideología supremacista blanca son el arma más potente y nutrida de la clase dominante para retener el poder. Es el principal obstáculo para tal rebelión de clases para acabar con la pobreza. Desalojar a los capitalistas del poder requiere un movimiento de lucha que promueva el surgimiento de una democracia popular genuina que ponga el poder del estado en manos de los pobres y de la clase trabajadora. Un elemento fundamental de tal movimiento y su victoria eventual es una guerra intransigente contra cualquier manifestación de racismo.