El 17 de agosto, siete manifestantes de ultraderecha hicieron una breve aparición pública para exigir la retirada de la estatua de bronce de V.I. Lenin en el barrio Fremont de Seattle. La lánguida manifestación fue rápidamente apodada “la manifestación más triste del mundo” por comentarios en el internet. Mientras tanto, una petición para retirar un monumento confederado en un cementerio de Seattle había alcanzado casi 5,000 firmas. Cabe destacar que la estatua de Lenin es una pieza de arte pública adorada en Seattle, incluso por aquellos que no están del todo de acuerdo con los ideales que representa.

El alcalde en retirada Ed Murray, quien enfrenta una demanda relacionada con acusaciones de abuso sexual de menores, no vaciló en aprovechar la oportunidad de aliarse con los fascistas. Tras un tibio reconocimiento de la creciente petición para retirar el monumento confederado, Murray repitió la demanda de derribar la estatua de Lenin. Citando “injusticias históricas,” Murray alegó que ambas deben ser retiradas porque “su existencia le causa dolor a aquellos que han sido sido afectados personalmente o a través de familiares por estas atrocidades.” El alcalde Murray también expresó su preocupación acerca de “memoriales confederados y estatuas que idealicen al fundador del régimen autoritario soviético.”

Este tipo de equivalencia falsa es una grave injusticia a la memoria de V.I. Lenin, a los logros de la Unión Soviética y a la lucha mundial para la liberación de la humanidad que representa el comunismo. La declaración también es una bendición para los fascistas y para los racistas blancos quienes intentan proteger los monumentos confederados a lo largo de los EE. UU., ya que le brinda credibilidad a su dudosa alegación de querer proteger la “historia” que representan los monumentos, en lugar de su legado de racismo.

Declaraciones como la de Murray resuenan como aquellas del presidente Donald Trump. Mientras que miles de personas salen a las calles en ciudades de todo el país para confrontar a la “ultraderecha” cada vez más envalentonada, en múltiples ocasiones Trump ha equiparado a los fascistas violentos y genocidas con quienes están determinados a detenerlos, incluyendo un sinnúmero de comunistas y socialistas.

Por un lado esto representa un intento de neutralizar la ventaja moral que disfrutan los antirracistas y antifascistas, y por el otro, de presentar a los fascistas como defensores de un principio básico de la democracia en lugar de nacionalistas blancos agresivos. La extrema derecha es tratada como una manifestación perversa de virtudes estadounidenses que deben ser toleradas o aceptadas, mientras la izquierda es difamada. Las posturas anticapitalistas y antiimperialistas de la izquierda amenazan directamente a la clase capitalista estadounidense y a sus intereses, mientras que los derechistas, presentes en las manifestaciones en Charlottesville, Boston, Seattle y más allá, invariablemente aplauden la guerra imperialista y el racismo que la apoya. La declaración reciente de Murray es  un ejemplo más de una postura que en realidad es compartida por la clase dominante a lo largo de los EE. UU. – no obstante las perogrulladas morales.

Visto desde un punto de vista empírico, queda claro que es imposible equiparar la veneración de los amos de esclavos genocidas con la celebración de un héroe del pueblo. Los monumentos confederados que hoy están siendo derribados a lo largo del país están dedicados a aquellos que lucharon hasta la muerte por un régimen de supremacía blanca y una brutalidad inquebrantable. En contraste total, los comunistas en todo el mundo siguen luchando para la emancipación de la clase obrera y de pueblos oprimidos, y para una victoria final contra la intolerancia en todas sus formas. El equipararlos es injustificable.

Traducido por Keiti Rubio y Claire Matthews