Extractos de una presentación por Brian Becker el 9 de Marzo del 2018

El anuncio de que Donald Trump ha accedido a una invitación del Presidente Kim Jong Un y de los líderes de la República Popular Democrática de Corea a tener una reunión directa es un evento con consecuencias de largo alcance, y no se puede enfatizar lo suficiente su posible impacto. Ningún presidente estadounidense se ha reunido directamente con el gobierno de la República Popular Democrática de Corea durante su mandato.

Los socialistas deben estar claros en cuanto a qué es lo que busca la RPDC. La clase dirigente actual en la RPDC intenta normalizar las relaciones con los Estados Unidos.

Muchas veces se dice que la RPDC busca una “garantía en términos de seguridad” de los Estados Unidos. Esto no es correcto. Los líderes de la RPDC, habiendo enfrentado agresiones constantes de los EE.UU. desde mediados de los 1940s, no tiene falsas ilusiones. Es importante que los socialistas no acepten el lenguaje y la perspectiva tradicional de los comentaristas burgueses, ya sean conservadores o liberales.

Los líderes de la RPDC saben bien, como lo ha demostrado la historia durante los últimos 73 años, que el imperialismo estadounidense desea lograr un cambio de régimen, derrocar a los líderes del Partido del Trabajo de Corea, e imponer un dominio neocolonial sobre la otra mitad de la península coreana. Saben bien que los objetivos del imperialismo estadounidense no cambiarán ni un milímetro en caso de que den las negociaciones, de que se firme un acuerdo de paz, o de que se levanten las sanciones económicas.

En vista de la orientación naturalmente contrarevolucionaria del imperio estadounidense, es inconcebible que la clase política dirigente de los EE.UU. y sus instituciones militares, de inteligencia y de vigilancia lleguen a abandonar su meta principal de lograr una contrarevolución.
Esto se ha demostrado una y otra vez en todos los casos en los que el imperialismo se ha visto obligado a restablecer relaciones diplomáticas con cualquier estado obrero — o los que en el discurso popular se le conocen como países socialistas.

El mismo patrón se pudo observar durante la normalización de las relaciones con la Unión Soviética, como también con la república popular de China a principios de los 1970s, y en los primeros pasos hacia esta misma dirección que tomó la administración de Obama hacia Cuba en el 2015. La normalización oficial de relaciones para nada llegó a apaciguar el deseo del imperialismo de derrocar a estos gobiernos.

Lecciones de la normalización de relaciones con China, la Unión Soviética y Cuba

La normalización de relaciones entre los Estados Unidos y diversos gobiernos socialistas estuvieron basadas en diversas necesidades, requerimientos y realidades impuestas sobre ambos lados.

En el caso de la República Popular de China, la administración de Nixon cambió su postura de larga duración de excluir a la RPC de las Naciones Unidas. A partir de la victoria de la revolución china de 1949, los EE.UU. utilizó su poder diplomático para excluir a la RPC de la ONU, permitiendo que el gobierno derrotado de Chiang Kai-Shek, que llegó a ocupar de manera ilegal la isla china de Taiwan, ocupara un asiento dentro de la ONU y que se convirtiera en uno de los 5 primeros miembros del Consejo de Seguridad. Resulta difícil creer que el gobierno en Taiwan llegó a tener a su disposición el derecho a un veto como miembro del Consejo de Seguridad de la ONU hasta que Nixon cambió de parecer, pero este hecho forma parte de la historia.

El motivo por el cual Nixon decidió normalizar las relaciones con la República Popular de China fue para agravar la separación entre la RPC y la Unión Soviética y para crear una alianza anti-soviética de facto entre los EE.UU. y China. De hecho, esto fue precisamente lo que sucedió a mediados de los 1970s. Se entiende que los EE.UU. tenían sus propios fines perversos y contrarevolucionarios en el proceso de normalización de relaciones con China.

Sin embargo, es de suma importancia que los socialistas tomen la posición correcta en esta cuestión. No obstante los motivos reaccionarios del imperialismo estadounidense, todo socialista legítimo debe apoyar plenamente el derecho de China de haber normalizado relaciones con el gobierno imperialista principal del mundo. El apoyar el derecho de China de normalizar las relaciones con los EE.UU. no significa que los socialistas deban respaldar la política exterior china de aquel entonces. La normalización de relaciones, independientemente de los motivos políticos, trae como resultado una menor presión económica, militar y diplomática sobre un estado obrero.

Antes de esto, los EE.UU. había normalizado relaciones por primera vez con la Unión Soviética después de la llegada al poder de Franklin D. Roosevelt en los 1930s. En 1942, los EE.UU. había entrado en una alianza militar con la Unión Soviética e Inglaterra contra la Alemania fascista. Después de la derrota de Alemania y del fin de la segunda guerra mundial, el imperialismo estadounidense retomó su ofensiva contrarevolucionaria contra la Unión Soviética, iniciando así la era que se llegó a conocer como la Guerra Fría.

En el caso de Cuba, Obama representaba un sector de la clase dirigente imperialista que llegó a la conclusión de que la política de hostilidades abiertas y sin adulterar había fracasado en su objetivo de derribar la revolución cubana y qué sólo había servido para aislar a los EE.UU. en Latinoamérica. A pesar de que Obama dio los primeros pasos hacia la normalización, esta no se ha finalizado. Fue un paso hacia adelante para Cuba, y el gobierno en la Habana lo consideró como una victoria en su lucha desde hace décadas para superar la agresión económica y militar. A su vez, los líderes cubanos sin duda reconocieron que el proceso de normalización presentaría nuevos retos por que el imperialismo introduciría formas nuevas, distintas y más sutiles de derrocar al gobierno socialista. El esfuerzo para lograr una contrarevolución no ha terminado.

La fuerza y constancia de Cuba, combinadas con una perspectiva diplomática ágil pero firme, cambió la relación de las fuerzas y tuvo éxito en obligar a los EE.UU. a iniciar el proceso de normalización económica y diplomática. Representó un paso hacia adelante pequeño pero importante. Obama y su facción dentro de la clase dirigente no le dio fin al bloqueo, aún si así lo desearan, y la administración sucesora de Trump ha revertido muchas de las aperturas iniciales — otra de las posibilidades que siempre está presente en las relaciones entre países imperialistas y socialistas.
Los motivos de ambas partes en las relaciones entre los EE.UU. y la RPDC

Al analizar los últimos acontecimientos pertenecientes a las relaciones entre las dos Coreas, es importante reconocer algunos de los cambios importantes que han conducido a la posibilidad de la primera reunión entre un primer mandatario estadounidense y los lideres de la RPDC.

La política de la administración de Obama de “paciencia estratégica” hacia la RPDC fue un error colosal desde la perspectiva de los imperialistas estadounidenses, basada en su arrogancia extrema. La Casa Blanca durante el mandato de Obama supuso que los ensayos nucleares y de misiles no irían a ninguna parte y que no eran más que un teatro político con el fin de crear “una provocación” para propiciar el inicio de las negociaciones bilaterales. Mientras que EE.UU. se veía comprometido en el Oriente Medio, la RPDC utilizó los ocho años de la administración de Obama para desarrollar una tecnología nuclear significativa y de misiles de mediano y largo alcance. El éxito eventual de la RPDC en adquirir sistemas de tecnología armamentística nuevos y avanzados tanto en el área de armas nucleares como en el de misiles de largo alcance han cambiado la relación de fuerzas. La RPDC obviamente no desea iniciar una guerra contra los EE.UU., pero sí ha logrado desarrollar una competencia creíble con potencial disuasivo, incluyendo la posibilidad de atacar objetivos de largo alcance con armas nucleares en caso de que se desatara una guerra.

El gobierno de Moon Jae In en Corea del Sur desde el principio ha intentado iniciar un proceso de descongelamiento de las relaciones entre las dos coreas. Su gobierno y sus funcionarios de alto rango forman parte de un sector dentro de la clase dirigente en Corea del Sur que se remonta al tiempo del ascenso de Kim Dae Jung a fines de los 1990s. Esta es el “ala liberal” de la clase dirigente en Corea del Sur, y muchos de dentro su estructura principal y de sus líderes remontan su formación política al movimiento estudiantil radical de los 1970s y los 1980s, el cual fue reprimido por la dictadura militar de Corea del Sur con el apoyo de los EE.UU. La administración de Moon y el gobierno de Corea del Sur cuentan con una soberanía limitada debido a la posición dominante del imperialismo EE.UU. en el país. Esto incluye fuerzas militares estadounidenses que técnicamente seguirían siendo el liderato operacional del ejército de Corea del Sur en caso de una crisis militar. El Presidente Moon ha resuelto a avanzar el proceso de paz, y es precisamente lo que ha hecho, mientras que a su vez teniendo sumo cuidado de no ofender a Donald Trump o a los EE.UU.

La fuerza destacada en este proceso en el lado de los EE.UU. parece ser el propio Donald Trump, por extraño que parezca. Trump ha hecho las declaraciones más belicosas contra la RPDC, ha impuesto graves sanciones para castigar económicamente a todo el pueblo coreano, y su administración trató con desprecio los pasos simbólicos hacia la paz durante los juegos olímpicos. Pero la Casa Blanca durante el mandato de Trump se ve asediada por una presión política nacional extrema, atacada por una intensa batalla interna entre las fuerzas políticas de la clase dirigente de los EE.UU., y una investigación criminal que podría resultar en nuevas imputaciones y una posible destitución.

Por razones personales y políticas, Trump posiblemente se considere a si mismo como el “líder” que podría generar un cambio histórico en un escenario político global. Richard Nixon, el criminal de guerra anti-comunista de derecha, se convirtió en el líder político dentro de la clase dirigente quién le abrió la puerta a las relaciones normalizadas con “la china comunista” (o “Red China”) como se le conocía en aquel entonces. Nixon se hizo de una reputación como gran maestro en la política geoestratégica. Donald Trump, un desarrollador de bienes raíces de mediana categoría y un personaje de reality cuya fama se encontraba en decadencia en el momento de postularse como presidente, podría verse a si mismo como el célebre negociante que le daría fin a una guerra que comenzó hace 68 años y que nunca ha terminado.

Queda claro basado en la cobertura en los medios convencionales, la cual refleja las distintas facciones y tendencias dentro de la clase dirigente estadounidense, que Trump al menos por el momento está yendo en contra de la ola de escepticismo y hostilidad. Ya han habido grandes ataques en su contra por haber sugerido que los EE.UU. podría iniciar una negociación directa con la RPDC bajo las circunstancias actuales en las que la RPDC ha fortalecido su posición militar. Bajo la presión de la oposición dentro de la clase dirigente Trump, ahora (9 de Marzo) está dando evasivas e imponiendo precondiciones para la reunión con la RPDC, abriendo la posibilidad que la reunión no tenga lugar.

El Partido por el Socialismo y la Liberación y otros socialistas firmemente apoyamos el derecho de la RPDC de normalizar relaciones con el gobierno de los EE.UU. y con cualquier gobierno del mundo. Las sanciones económicas que han sido impuestas sobre la RPDC están concebidas con el fin de crear hambrunas, desestabilización económica y cambio de régimen. La asignación forzada de gran parte de su presupuesto nacional para fines militares y de defensa nacional también representa un impedimento fundamental al desarrollo de una próspera economía socialista y genera dificultades a la hora de proveer alimentos, combustible y medicinas para la población, al igual que bienes de consumo que son tanto necesarios como deseados.

La posición de la PSL hacia la RPDC y hacia otros gobiernos socialistas es la de defensa política contra las fuerzas del imperialismo y contrarevolución interna. Somos independientes políticamente. Establecemos nuestra propia evaluación, análisis y orientación política. El ancla de nuestro entendimiento y estrategia política es la oposición militante y sin compromisos al imperialismo en su búsqueda de estrategias de cambio de régimen contra gobiernos socialistas y nacionalistas que fueron fundados como parte de la ola de movimientos revolucionarios anti-coloniales después de la segunda guerra mundial. Mantenemos esta postura desde una posición de independencia política total con el fin de poder evaluar los acontecimientos en desarrollo y así proveer un entendimiento político con claridad y una orientación para el movimiento obrero dentro de los EE.UU.
anti-guerra, corea