La vista fuera de nuestra casa el día después del paso de Irma. Liberation photo: Daniel Marion.

La vista fuera de nuestra casa el día después del paso de Irma. Liberation photo: Daniel Marion.

El autor estuvo en Cuba como parte de un programa de estudio en el extranjero durante el huracán Irma.

En vísperas de la llegada del huracán Irma, prácticamente nadie en la Habana parecía estar preocupado. Nadie estaba preocupado por la simple razón de que estaban preparados, y no porque se esperara que huracán no azotara la cuidad fuertemente, como yo creía. De hecho, Irma sí azotó la cuidad ferozmente como poderoso huracán (!), y con esto me llevé una experiencia que nunca olvidaré.

Antes de que llegara la tormenta, los medios en Estados Unidos presentaban una imagen tan dramática del huracán Irma que pocos días antes de su llegada recibimos noticias de que posiblemente tendríamos que evacuar la isla (lo que al final nunca hicimos). Por otra parte, todos y cada uno de los cubanos a quienes les hablaba hacía caso omiso de la histeria e insistía que a la cuidad iba a estar bien. “No te preocupes,” me decían, “en Cuba, tenemos el mejor sistema de preparación en el mundo.” Sí tenían bases para sustentar esta afirmación. La historia de Cuba en cuanto a preparación y recuperación tras los desastres naturales es bien conocida, y fue por esto, tanto por el hecho de que sabían que el ojo del huracán no impactaría a la Habana, que los directores de nuestro programa tomaron la decisión de permitirnos quedarnos en la isla refugiados en nuestra casa en Cuba durante la tormenta.

En lugar de evacuar la isla como lo hicieron muchos otros programas de estudio en el extranjero, nos quedamos en la Habana y nos sumamos a nuestros vecinos en el proceso de los preparativos. En el momento del huracán, ya habíamos repasado las precauciones de emergencia varias veces, habíamos hablado de logística con profesores de la Universidad de la Habana y el CEHSEU (el Centro de Estudios Hemisféricos y sobre Estados Unidos, ) y usamos el WiFi por última vez (no tendríamos acceso al internet hasta dentro de cuatro días).

Mientras tanto, otros estudiantes en mi viaje se dieron un último viaje por la Habana Vieja para hacerse de ventiladores, anticipando acertadamente que en nuestra casa se iría la luz el los próximos días. A la vez, me di cuenta de que los cubanos estaban tomando los preparativos con más seriedad, transportando grandes recipientes de agua y cajas de comidas por las calles, trabajando juntos para cortar ramas, revisando las noticias con frecuencia para percatarse del camino destructivo del huracán. Sin embargo, nunca cundió el pánico. Todo procedía de manera calmada y todos parecían estar listos para enfrentar lo que viniera. Como integrantes de uno de los pocos programas de estudio en el extranjero que permitió que sus estudiantes se quedaran, los cinco que estábamos en mi programa nos encontrábamos con ellos, aguardando lo desconocido pero listos para lo que viniera.

A partir del Viernes en la tarde, los cinco estudiantes del programa y nuestra directora residencial Angélica nos encontrábamos atrapados adentro de nuestra casa presenciando las primeras lluvias. El Sábado en la tarde, la lluvia y el viento se habían intensificado considerablemente, y en anticipación de cables caídos y otros problemas, la cuidad quitó la electricidad, el agua y la conexión de Internet dial-up. No tendríamos electricidad o agua de la llave hasta el Martes. Al repasarlo todo, esta probablemente fue la parte más difícil — teníamos que bañarnos y descargar el baño con agua de un cubo, no teníamos aire acondicionado en una situación de clima tropical, y teníamos que usar una linterna para movernos en las noches. Pero aún así la pasamos mejor que nuestros vecinos, por que aunque sea teníamos agua a través de un grifo y tuvimos comida todo el tiempo. La tormenta estuvo fuerte, en particular el Sábado en la noche, pero nos quedamos dentro y nunca me preocupé mucho, en parte por que nuestro único contacto con ella fue detrás de ventanas y puertas cerradas.

Cuando salimos de la casa por primera vez el Domingo en la tarde al atardecer, me quedé anonadado del daño que vi a mi alrededor. Justo a las afueras de nuestra casa habían dos arboles caídos que habían tumbado los cables de la corriente. A medida que caminamos cuesta abajo hacía el mar, tropezamos con vistas muy parecidas. Más cerca del mar, muchas de las calles estaban inundadas y no se podía avanzar más allá de un punto. Al mirar hacia abajo, vimos olas gigantes (quizás de 20 pies de altura) que chocaban contra el Malecón, la calle frente al mar.

De manera increíble, mientras observábamos los daños, vimos a muchos cubanos que estaban fuera de sus casas. Al principio, sólo vimos gente haciendo lo mismo que nosotros, caminando y observando el resultado de la tormenta. La tarde siguiente, aún sin corriente eléctrica y sin agua de la llave, las congregaciones en las calles crecieron y la ciudad encendida comenzó a regresar a la normalidad. Los adolescentes jugaban pelota, las máquinas (los taxis cooperativos que transportan a muchos cubanos a la vez a lo largo de las autopistas principales) estaban recogiendo y dejando pasajeros, y una foto de hombres cubanos jugando dominó sentados en agua que llegaba a la cintura se hizo viral en las redes. Mientras las empresas privadas Puerto Rico y en la Florida jugaban a la especulación de precios, en Cuba los restaurantes y tiendas del estado bajaron los precios tras el huracán para garantizar que más gente tuviera acceso a los recursos.

Las unidades de la Defensa Civil Cubana ya se encontraban en las calles el Domingo en la noche, y el Lunes decenas de organizaciones e individuos se sumaron para recoger las hojas, pintar las paredes, lidiar con cables sueltos y más. Hicimos lo que pudimos para ayudar con la recuperación, sumándonos a nuestros vecinos para limpiar las ramas, hojas, y escombros en nuestra calle y en el área que rodeaba el CEHSUEU. En el momento en que los otros programas de estudio en el extranjero que habían evacuado regresaron unos días después, ya había corriente y agua para casi todos en la cuidad, y excepto por el área que rodeaba el Malecón, la cuál necesitaría de más tiempo antes de abrir, todo lo demás se encontraba de vuelta a la normalidad.

Tras el paso de una de las mayores tormentas que se han conocido, me quedé sorprendido por las muestras de fortaleza y de solidaridad humana que vi a mi alrededor. Una participación seria y unos esfuerzos de recuperación extremadamente bien organizados aseguraron que la gente de la Habana estuvieran a salvo y que pudieran seguir sus vidas como antes – una situación muy diferente a la de tragedia de Puerto Rico, en donde meses después hay partes de la capital que siguen sin luz. Mientras que el daño severo y duradero me llenan de tristeza, la respuesta efectiva y la recuperación milagrosa del huracán Irma me llenan de esperanza y me demuestran que con una buena preparación y un sistema de recuperación bien organizado, los impactos de los desastres naturales pueden ser reducidos grandemente y las catástrofes sorteadas.

Liberation News translation.