La desigualdad extrema y atroz que existe dentro de los Estados Unidos debe ser multiplicada muchas veces para comparar con los países subdesarrollados. A pesar de los repetidos “compromisos” de las potencias capitalistas del mundo para poner fin a “la pobreza global”, estos son sólo frases grandilocuentes. La realidad es que en la economía mundial sigue habiendo una gran polarización, con miles de millones en la pobreza extrema. El poder de las economías de tales líderes imperialistas como los Estados Unidos, se basa en este arreglo, y tienen todo el interés en mantenerlo así.

Aproximadamente la mitad de la humanidad, más de 3 mil millones de personas, viven con menos de $2,50 al día. En el África subsahariana, el 47 por ciento de las personas ganan menos de $1,25 al día. En América Latina y el Caribe, la pobreza afecta a casi 81 millones de niños menores de 18 años.

De acuerdo con el Banco Mundial, el alto costo de los alimentos empujó a 44 millones de personas más a la pobreza en 2010. En los países subdesarrollados—los que las potencias imperialistas históricamente han explotado—es común que las familias gastan entre un 60 a 80 por ciento de sus ingresos en comida.

Estos indicadores económicos corresponden directamente con los bajos indicadores de salud pública, incluyendo las expectativas de vida más corta y tasas más altas de la mortalidad infantil.

Países explotados, no países pobres

A pesar de la percepción común, no hay nada inherente o inevitable de la pobreza en África, Ásia y América Latina. De hecho, muchos de estos países son extremadamente ricos en recursos. Tampoco son estos países simplemente “atrasados” en relación a los países ricos y desarrollados, como si fueran siguiendo el mismo camino pero a un ritmo más lento y después de un retraso inicial.

Los niveles bajos de desarrollo económico de estos países se derivan de su lugar en la división global capitalista del labor.

El continente africano, por ejemplo, es extremadamente rico. Contiene depósitos masivos de minerales, el suelo increíblemente fértil y diversos recursos naturales. Sin embargo, su pueblo ha sido históricamente empobrecido por la esclavitud, el colonialismo y las políticas de explotación de las potencias capitalistas. Primero las burguesías holandesa, inglesa, francesa, portuguesa, y más recientemente la de los Estados Unidos, extrayeron de manera parasitaria las materias primas, transformándolas en mercancías producidas en las fábricas del país, y finalmente, vendiéndolas a los africanos a precios escandalosamente inflados.

Incluso después de la independencia, las naciones colonizadoras han utilizado su posición dominante en las finanzas mundiales, su control y monopolio de la alta tecnología, y la fuerza militar para preservar esta división del trabajo.

Una pequeña clase élite en los países subdesarrollados del mundo se ha beneficiado enormemente al facilitar estos acuer-dos. En algunos casos, establecen los términos y condiciones de los acuerdos con los imperialistas. Sin embargo, su riqueza ha reforzado en general, y no ha superado, el subdesarrollo y la pobreza histórica de sus propias economías.

El “desarrollo” capitalista agrava la pobreza

Los capitalistas proponen una mayor inversión privada, los micro-préstamos, y la ayuda humanitaria para resolver la pobreza global, pero ninguno de ellos admite que el sistema económico internacional es la base de la desigualdad perpetua.

Esto fue confirmado en la reciente reunión del G-8 de las más poderosas potencias mundiales capitalistas en Camp David. El gobierno de EE.UU. anunció $3 mil millones en inversión privada para hacer frente a la pobreza y el hambre en África. Aunque parece una iniciativa de alivio, en realidad será una gran ayuda para la agroindustria, incluyendo los gigantes Dupont, Cargill y Monsanto. Estas compañías tienen planes para introducir a gran escala la agricultura comercial, usando las semillas patentadas, la tecnología, y los químicos caros. Su interés no es la caridad, sino reestructurar la producción alimentaria de África para ser totalmente dependiente de las corporaciones extranjeras. Es un esfuerzo neo-colonial presentado como el humanitarismo.

Esto está en consonancia con décadas de programas de ajuste estructural occidentales, donde a los países pobres se les ha dictado que destruyan su agricultura local, que privaticen la infraestructura del gobierno, y acaben con los programas sociales a fin de allanar los obstáculos para la inversión extranjera y los préstamos. El impacto ha sido la deuda permanente, la pobreza agobiante y la subordinación de los intereses soberanos a la economía capitalista mundial.

No es ninguna sorpresa entonces que China se ha convertido en el principal socio comercial y el prestamista preferido para muchos países africanos. Aunque China está motivada principalmente por sus propios intereses nacionales y no la solidaridad internacional, sin embargo sus relaciones comerciales traen grandes proyectos de infraestructura y no cuentan con los mismos términos coloniales. China comprometió $8 mil millones de dólares a Nigeria, Angola y Mozambique en 2006, mientras que el Banco Mundial capitalista proveyó solamente $2,3 mil millones para toda la África subsahariana durante el mismo período.

Una economía socialista mundial y la base para la unidad

Esto demuestra que no hay otra manera de combatir la pobreza mundial y el subdesarrollo: la creación de una economía basada en la ayuda mutua, la cooperación y la solidaridad. La página web WorldHunger.org informa que “El mundo produce suficiente comida para alimentar a todos … hoy en día hay 17 por ciento más calorías por persona que hace 30 años, a pesar de un aumento del 70 por ciento de la población.” La crisis del hambre en el mundo podría resolverse rápidamente, el problema es que la distribución de alimentos y la agricultura sólo operan sobre una base con fines de lucro.

Un Estados Unidos socialista, el cual eliminaría el afán de lucro como principio básico de la economía, haría como prioridad la eliminación las de divisiones mundiales entre los países desarrollados y subdesarrollados. El Programa del PSL explica que bajo un gobierno socialista, las políticas de inmediato “ayudaría a superar los estragos del imperialismo de EE.UU. que han explotado a las personas, los recursos y las economías de otros países, con énfasis en la soberanía, la solidaridad, la ayuda revolucionaria y la compensación.”

Durante siglos, los Estados Unidos y los países europeos han recibido enormes beneficios de la sobreexplotación de África, Asia y América Latina. Esto a su vez ha permitido que las clases dominantes puedan ofrecer un mejor nivel de vida a los trabajadores en sus propios países respecto a los de los países explotados. Como resultado, muchos trabajadores se identifican más con sus propios gobernantes que los 3 mil millones de personas en todo el mundo que viven con menos de 2,50 dólares por día. A veces esto ha tomado la forma de apoyo abierto a las políticas imperialistas y el patriotismo ciego, mientras que en otros casos, conduce a la apatía política, siendo que los trabajadores se consideran relativamente cómodos.

Este status quo, sin embargo, está en proceso de descomposición por una crisis económica mundial capitalista, y décadas de estancamiento de los salarios y la exportación de trabajos. En los Estados Unidos, la pobreza se ha disparado en los últimos años. Se estima ahora que las personas de “bajos ingresos” han llegado a 98 millones, casi un tercio de la población.

De un mundo basado en grandes divisiones y la desigualdad, existe ya la base para la gente pobre y trabajadora en los Estados Unidos y Europa unirse con los oprimidos del mundo. El objetivo del PSL es ayudar a mostrar que tenemos un enemigo común: la pequeña clase de capitalistas y los imperialistas que se han enriquecido durante siglos y que son el único obstáculo al nacimieno de un nuevo mundo sin hambre y la pobreza.